Tan solo una reducida selección de vinos en el mundo llega a ser certificado como kosher, caldos idóneos para los rituales de la religión judía. A pesar de que la variedad de uva no es diferente, su proceso de elaboración sí que lo es, ya que solo puede ser llevado a cabo por manos judías y deben cumplir además con rigurosas normas marcadas en el Antiguo Testamento.

El proceso de elaboración de los vinos kosher se inicia en los viñedos, que deben tener al menos cuatro años. Las cepas tienen que haber crecido además sin la intervención del hombre. El abono tiene que ser orgánico y debe concluir dos meses antes de la vendimia. Solo manos judías pueden recoger y transportar las uvas de forma muy cuidadosa para que se mantengan sanas.

Su proceso, sin embargo, no termina ahí. Un vino kosher debe ser abierto y servido por una persona cualificada por la religión israelí, generalmente un rabino, si no, perdería su condición sagrada.

El interés de los consumidores en los últimos diez años ha llevado a los principales productores de vinos de Israel a trabajar hoy en día con más de sesenta fabricantes en todo mundo. De hecho, países como Francia, Italia y Argentina han instalado sus propias bodegas kosher, un escenario que años atrás se creía imposible.

En España la primera bodega que destinó parte de su producción al vino kosher fue Bodegas Capçanes (D.O. Montsant), pero actualmente se elaboran también en Jerez, Valdeorras, Madrid y en Ribera de Júcar. Un buen ejemplo, que ha logrado alcanzar además un gran prestigio, es el caldo Alate Kosher que produce la bodega Fernández de Arcaya en Navarra. Un vino singular que se empezó a producir de manera limitada en el 2003 y que ha sido capaz de aunar la tradición judía en un caldo.