Para saber realmente cómo vivía un pueblo, hay que conocer sus costumbres. Y no hay mejor forma que hacerlo que través de su estómago. “Aquel platonazo que está más adelante vahando me parece que es olla podrida, que por la diversidad de cosas que en tales ollas podridas hay, no podré dejar de topar con alguna que me sea de gusto y provecho”. Palabras de Sancho Panza recogidas en el Quijote, una obra en la que la comida se convierte en muchas ocasiones en auténtica protagonista.

Considerada como predecesora del cocido madrileño, el nombre de olla podrida proviene de la palabra "poderida" o poderosa por los muchos ingredientes que contenía, que eran además de lo más diversos; desde garbanzos, alubias, gallina o verduras hasta pierna de carnero o punta de jamón, si el comensal podía permitírselo, claro.

Sopas de ajo, migas manchegas con chorizo o huevos fritos, además de asados de cordero o cabrito. La cocina alcalaína se basa principalmente en la gastronomía tradicional castellana, aunque desde hace unos años ha recuperado algunos de los platos de los que se habla en la obra de Cervantes. Una lista en la que no podía faltar uno de los favoritos de Alonso Quijano: "Los duelos y quebrantos", básicamente un revuelto de huevo, chorizo y tocino de cerdo.

Aunque si por algo es conocida y sobre todo reconocida la gastronomía de Alcalá es por sus postres. Milhojas de hojaldre, crema y merengue cubierto de almendra picada y gratinada. Estos son los ingredientes de la costrada de Alcalá, uno de los dulces más típicos de la ciudad (que en muchas ocasiones se sirve acompañado de natillas) y cuyo origen se remonta al siglo XIX. Un postre creado por la antigua pastelería Salinas, ya desaparecida.

Otro postre que no desmerece, sin embargo, al que muchos consideran como el auténtico embajador gastronómico de la ciudad: las almendras garrapiñadas. Un dulce delicioso que tan solo consta de dos ingredientes: almendra y almíbar de azúcar tostado, y que elaboran con auténtica maestría las monjas de clausura del Convento de las Clarisas de San Diego.

Y cómo olvidarse de las rosquillas de Alcalá, conocidas popularmente como ‘la listas’, ya que al estar recubiertas de almíbar o merengue son más complicadas de elaborar que ‘las tontas’, que no llevan este añadido de color amarillo; o las tejas, unas deliciosas pastas perfectas para acompañar un café o una infusión; o los penitentes, barquillos que imitan el puntiagudo cucurucho de un cofrade de Semana Santa con crema de almendras.

Cualquier restaurante de la ciudad es perfecto para probar todos estos manjares, aunque la Guía Michelin destaca tres locales por su calidad y buen hacer en los fogones. La Hostería del Estudiante es uno de ellos, una casa del siglo XVI y vigas de madera, ladrillo y muebles de época cervantina que recrea el ambiente perfecto para degustar sus croquetas de puchero, la sopa de ajo castellana con huevo, el taco de bacalao con pisto manchego o las migas alcalaínas. “Cocina autóctona de calidad y regional elaborada”, aseguran en la guía, “que destaca por sus magníficas vistas al famoso Triángulo o Patio Trilingüe de la Universidad”.

[...]

Si queréis conocer más locales para tapear o comer por Alcalá, pinchad aquí y descargad nuestra revista.