Entre vides, olivos y cereales transcurre la ruta de Montilla-Moriles, donde el vino y la tradición define esta comarca. Adentrarse en este recorrido supone caminar por una tierra que conserva un importante legado cultural, histórico, arquitectónico, artístico y etnográfico.

Un “mundo aparte dentro del universo de la enología, que se ha convertido en patrimonio exclusivo de un marco que no puede trasladarse a ningún otro rincón de España”, según aseguran en su página web.

Viñedos, lagares y bodegas son los lugares donde habita el vino. Lugares donde merece la pena detenerse y que han servido como punto de partida para la creación de una ruta que, como reza su lema, es mucho más que vino.

En sus lagares centenarios se obtiene el mosto que después, una vez convertido en vino nuevo, pasará a las bodegas para seguir su andadura donde se convertirá en tres tipos básicos de vino: jóvenes afrutados, de crianza y generosos. Su caldo más famoso, eñ Pedro Ximénez, pero, además, en esta D.O. conviven otras variedades como Airén, Montepila, Baladí y Moscatel.

Y qué mejor forma que acompañar los buenos vinos de la ruta de Montilla-Moriles que con su gastronomía. Con platos que reúnen lo mejor de tres tradiciones; la musulmana, la judía y la cristiana. Un delicioso recorrido a través de sabores como el salmorejo, el flamenquín, las habas con berenjenas y morcilla, la sopa de gato, las naranjas picás con bacalao, la roña de habichuelones, el potaje de castañas, las gachas de mosto, el arrope, las merengás de café y fresa, las orejitas de abad, el dulce de membrillo, el pastel cordobés, los alfajores, los panetes o los roscos de San Blas.

Pero en esta ruta hay mucho por descubrir ya que se puede combinar el mundo del vino y la gastronomía con recorridos tematizados como la Ruta del Califato, la Ruta del Renacimiento o la Ruta de la Bética Romana, representantes de las diferentes culturas que han ido poblado esta zona y que son indispensables para conocer el espíritu de esta tierra.