Este casi impronunciable nombre alemán significa avena-copos-galletas (hafer-flocken-plätchen). Así no asusta tanto, ¿verdad? Aunque la traducción que yo hago es: galletas deliciosas y crujientes, que eso se entiende en todo el mundo. No llevan aceite ni mantequilla, ni siquiera harina, ni almendra molida y están riquísimas. Son muy, pero que muy adictivas, y además están hechas con ingredientes bien sencillos.

Ingredientes para unas 25 galletas: 150 gramos de copos de avena, 80 gramos de almendra cruda laminada, 2 huevos medianos, 100 gramos de azúcar moreno, unas gotas de extracto de almendra, el interior de una vaina de vainilla y 1 pizca de sal.

Opcional y a elegir: cubitos de almendra tostados, trocitos de naranja confitada o pasas.

Modo de elaboración:

Precalentamos el horno 10 minutos a 180º. Batimos los huevos ligeramente con el azúcar, solo para mezclar un poco, y añadimos el resto de ingredientes. Removemos (podemos meter las manos en este punto) para que esté todo bien integrado.

Formamos bolitas y ponemos sobre papel de horno unas junto a otras. No es necesario separarlas porque al no llevar levadura no van a crecer mientras se cuecen. Las dejaremos de 11 a 15 minutos a 180º.

Quedan más ricas si los rebordes se nos churruscan un poco, ya que tienen un sabor riquísimo si están un poco doraditas.

Las dejamos sobre el papel de horno hasta que enfríen porque recién sacadas están más quebradizas. Una vez frías las podemos conservar en lata y aguantarán varias semanas, aunque os garantizo que no durarán tanto...