En el Códice Calixtino, se pone en boca del Santo Papa Calixto la recomendación del ayuno para que maltratada la carne con la continencia haga expiación de las infamias del pecado. Pero bastante expiación era ya el recorrer incontables kilómetros hasta la tumba del Apóstol, para beneficiarse de las indulgencias correspondientes, tal como hacían todo tipo de penitentes.

Así pues, en el Camino había que atender al estómago, proporcionándole comida y bebida suficientes, para asegurar que la curación del alma corriese paralela con la atención debida al cuerpo.

Si empezamos con la bebida, hay que recordar que el propio Códice advertía de la mala calidad de algunas aguas, algunas de las cuales califica incluso de mortíferas. Pero en general, las del centro de España tenían asegurado aquel control de calidad hecho en el siglo XII.

El agua era poca cosa para nutrir los cuerpos, por eso, es bueno recordar que en el mismo texto se alude a la calidad de la leche y el vino del territorio que mediaba entre navarros y gallegos; territorio bendito también por su fertilidad en pan, carne, peces y miel. Por cierto, diversos autores dejaron constancia de los buenos vinos, y advierten de su escasez pasado el Bierzo. El monje alemán Hermann Knig, pide que en Villafranca se beba con miramiento.

Sin duda, la capital del vino era Sahagún, ciudad benedictina, animada y propicia para el placer, cuyo recinto monacal albergaba la mayor cuba del mundo. Domenico Laffi cuenta maravillas de Hospital del Rey de Burgos con capacidad para dos mil personas a las que tratan con gran caridad. Estudios del siglo XVI indican que se daban hasta sesenta y cinco mil raciones de comida en este centro. Los estatutos decían que a cada comida había que dar a cada peregrino un buen pan; y que a cada tres viajeros se les entreguen dos libras de carne (una de cecina y otra de carne fresca), vino, y sopa con tocino.

La reconfortante sopa de ajo

Lo de la sopa debía ser común en todo el Camino francés. Aunque era habitual que el viajero se la tuviera que hacer. En un humilde pueblo como San Martín del Camino, entre León y Astorga, el hospital del lugar tenía establecido que hay que dar al peregrino pan y manteca para que haga sopas calientes.

En mayor o menor medida, según cuenta Tomás Álvarez para Efe, se ofrecía al peregrino queso, cebolla, frutos secos, algo de carne y a veces huevos... o sencillamente un humilde trozo de pan si la pobreza del establecimiento no daba para más.

Pero también había abundantes trechos en los que la comida escaseaba y el viajero tenía que recurrir a la caridad o los mesones. Mal asunto. Los mesoneros del camino siempre tuvieron mala. Las leyes y ordenanzas no dejan de castigar sus desafueros, y el propio Códice Calixtino advierte contra estos.

Sin patatas, pero con cecina

Hoy los viajeros acostumbran a pagarse la restauración... y en muchos lugares del Camino hay un menú para el peregrino que le proporciona una comida sencilla, a un precio normal. En algunos puntos se sigue atendiendo al viajero, que suele pagar voluntariamente.

No obstante, el crecimiento de la marea de peregrinos ha animado a los negocios de restauración, donde los viajeros toman productos de la tierra...  que antaño también gozaban los más pudientes. Por ejemplo, en la Cartuja de Miraflores vemos como en la última Cena que esculpió Gil de Siloé, los reunidos toman cochinillo. Seguro que el artista tomó la idea de las mesas de Burgos, donde hoy se sigue comiendo.

No hallarían los peregrinos en las mesas medievales tomates ni patatas, que llegaron al Viejo Continente con el descubrimiento de América; tampoco podrían deleitarse con un café o un chocolate caliente, que también son aportaciones posteriores. Ni siquiera con un habano. Pero no echaría en falta tal material el peregrino que se sentase a la mesa y gozase con las morcillas burgalesas, las cecinas de León o los jamones de cualquier punto del trayecto. La peregrinación nunca estuvo reñida con el buen comer.