Las pineberries (también llamadas “Alma blanca”) estaban casi extintas hasta 2003, cuando unos agricultores holandeses que poseían semillas de este producto introdujeron la especie en Francia con fines comerciales.

Dado que la producción inicial de estas fresas era escasa, fueron realizando diferentes pruebas con esquejes y tras seis años de cultivo, pudieron reproducir una variedad con una producción aceptable.

Este fruto tan exótico es híbrido. Tiene su origen en el cruce de dos especies de fresa: una proveniente de Chile (F. chilensis) y otra originaria de Gran Bretaña (F. virginiana). El resultado de este cruce dio origen a esta variedad de fresa de coloración blanca con unas semillas muy rosáceas o rojas, y con un potente aroma a piña tropical.

Es una planta muy resistente a las enfermedades, pero su cultivo no es muy rentable, dado que posee bayas pequeñas de bajo rendimiento en lo referente a cantidad de frutos por planta. En la actualidad sigue siendo un fruto exótico y caro, pero se espera que en los próximos años se mejoren las condiciones de cultivo en invernaderos y que se haga más accesible a los consumidores.

Eso sí, en Japón causan sensación. Es cierto que allí se empezó a mejorar esta fresa blanca para adaptarla al canon estético japonés. La llaman Shiroi Houseki “Joya blanca”. Tiene las semillas doradas y se vende por 10 euros la unidad o 60 euros la docena. Es una variedad de gran tamaño, sabe a fresa y se compran por docenas para regalar. Las venden en supermercados especializados, donde se encuentran descansando sobre camas de espuma en cajitas a su medida. El mimo por ellas es absoluto.

Su alto precio se debe al cuidado extremo de las condiciones en las que crecen estas fresas, lo que requiere un esfuerzo humano exagerado y multitud de recursos económicos. Además, solamente seleccionan de manera estricta los mejores ejemplares.